GRANADA   PICO VELETA   por   EL PURCHE-SABINAS-PRADOLLANO   46488 visitas   



Altitud: 3384 m Distancia: 46,62 km Desnivel: 2662 m % Medio: 5,7 % Coeficiente: 588

Altigrafía y comentarios enviados por Miguel Baeza y Martín Cerván

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Localización: Comenzamos el puerto al pie de Sierra Nevada. Concretamente comenzamos a subir en el barrio de la Vega (Húetor-Vega), justo en el cruce con Cájar.




Especificaciones: Las distintas carreteras por donde pedalearemos se hallan todas en buen estado y cuentan con buena señalización excepto la que sube desde la Hoya de la Mora hasta el Veleta. A partir de este punto se estrecha, pierde la señalización y el asfalto empeora. Hasta el cruce de Borreguiles padeceremos los surcos de los quitamiedos. Desde este punto es el progresivo abandono de la carretera lo que hace que, por momentos, tengamos que esquivar piedras, sobre todo en algunas herraduras que se encuentran descarnadas. Los últimos metros tendremos que hacerlos por una pista de tierra con piedrecillas sueltas.
El tráfico suele ser molesto en la carretera general (A-395) y en Pradollano sólo en temporada de esquí. Por contra, el ascenso al Collado del Muerto, las Sabinas y la Hoya de la Mora es muy relajado, siendo el tráfico completamente inexistente a partir de la barrera sita en este punto.
Tan sólo encontraremos sombras en los primeros kilómetros del Collado de las Sabinas.


Fuentes: En un puerto tan largo se hace imprescindible tener localizadas las distintas fuentes, por lo que no escatimaremos detalles para ello. Al inicio de la subida, en el barrio de la Vega, hemos observado varias a nuestra izquierda. Más adelante hay otra en Monachil, aunque de dudosa potabilidad. Encontramos una fuente también antes de llegar a la gasolinera, a nuestra derecha, pero suele estar seca, por lo menos en época estival.
Después de coronar el Collado de las Sabinas, en la bajada hacia Pradollano, hay una fuente que no está a la vista. Hemos de dejar nuestras bicicletas en la margen derecha de la carretera, cruzar una puerta metálica y bajar unos metros para encontrarla.
Por último, hemos visto otras dos en las calles de Pradollano.
Por supuesto, hay que contar con los distintos bares y restaurantes con que nos topamos en el ascenso y con los quioscos que montan en la Hoya de la Mora.


Comentario: “El Everest de los puertos europeos”. Ésa es tal vez la mejor manera de definir un ascenso único en la geografía de Europa. En efecto, puede que haya puertos más duros, tal vez podamos discutir si los hay más bellos, pero ninguna carretera asfaltada del viejo continente llega a acariciar el cielo como la que trepa hasta la cumbre del Picacho del Veleta.

La historia de esta vía comienza a principios del siglo XX, allá por 1914, en que se incluye en el proyecto de obras públicas la construcción de una carretera que, partiendo desde Granada y por el antiguo “camino de los neveros”, enlazase con la carretera de Láujar a Órgiva atravesando Sierra Nevada.
Un año después se comenzaron los estudios y ya en 1919 se subastó el primer tramo de la obra, ingenio toda ella que debemos a D. Juan José Santa Cruz, madrileño de nacimiento.
Curiosamente, Santa Cruz propuso que la carretera habría de seguir otra ruta diferente a la que inicialmente se había considerado, la del “áspero camino de los neveros”, y la guió por el río Genil para comenzar a subir la cuesta en Pinos Genil o Pinillos, como él mismo escribía en un artículo de la Revista de Obras Públicas en 1924.
Por estas fechas, el auge de los deportes invernales con la creación de las distintas federaciones de esquí y la Sociedad “Sierra Nevada”, la construcción de un sanatorio, la del Hotel del Duque y la consiguiente promoción turística de una de las zonas más desconocidas de la geografía ibérica fueron el principal aliento para tamaña obra.
Finalmente, el 15 de septiembre de 1935 fue invitado el Ministro de Obras Públicas D. Manuel Berraco para inaugurar la rampa de acceso al Veleta en la que fue, según las crónicas, la primera ocasión en que un vehículo alcanzó el Picacho, como se le denominaba por entonces.
Al año siguiente fallecía en el paredón el ingeniero D. José Santa Cruz, fusilado por el bando nacional.
La carretera, no obstante, no se transitó íntegra hasta mediados los años sesenta. A partir de entonces era común encontrársela repleta de vehículos durante la época estival, cuando las nieves lo permitían.
Actualmente permanece asfaltada hasta la cota 3.200, si bien antaño lo estuvo prácticamente hasta la misma cima, donde acaba la pista. De hecho, se pretende eliminar los últimos 3 km. para devolver al maltratado Pico del Veleta un aspecto lo más parecido posible al que presentaba originalmente. Hasta Capileira sigue existiendo la pista diseñada por Santa Cruz, pero el asfalto se acaba a unos 1.800 m. s. n. m. partiendo desde el pueblo.
Nosotros, para esta ocasión, nos hemos decidido por la vertiente más dura que se puede ascender a día de hoy, algo que bien pronto cambiará con la apertura del camino de Hazas Llanas.

El caso es que esta vertiente se inicia al pie de Monachil y sube durante los primeros km. por ese “camino de los neveros” que desechó Santa Cruz cuando se hizo cargo del proyecto y que con los años llegó a asfaltarse, siendo ya un clásico entre los ciclistas aficionados y los profesionales que, desde su doble estreno en 2004, han tenido que padecer sus rampas en varias ocasiones.
Un par de kilómetros suaves nos servirán como calentamiento para lo que se nos avecina. Lo que más nos llama la atención de este inicio son las construcciones. Para quien no está habituado a convivir durante el invierno con la nieve, resultan extraños los peculiares techos de las casas, bien pertrechadas para el frío. Nada tiene que ver esto con la estructura típica de las casas de los pueblos blancos de Cádiz o Málaga, por citar un par de ejemplos. El caso es que tan sólo estamos a unos 750 m. de altitud, pero la influencia de las altas cumbres cercanas debe ser, a buen seguro, muy alta.
Al pasar por las urbanizaciones próximas a Huétor trazaremos las dos primeras curvas de herradura y salvaremos ya alguna que otra rampa de entidad a modo de aviso. Al punto, ganamos el primer descanso, aún pronto como para que las piernas lo agradezcan.
Nos adentramos en Monachil y un pellizco atenaza nuestro estómago: el Veleta no esconde sus cartas, sino que lo más duro nos lo vamos a encontrar al principio. Al salir nos topamos con un par de herraduras en las que la pendiente se dispara por encima de los dos dígitos, algo nada extraño durante los próximos 6,5 km.
La vegetación comienza a ralear y el paisaje nos resulta un tanto desértico por momentos, tan sólo en algunas lomas próximas aparece arboleda más tupida. Quizás sea la vecina subida de Cumbres Verdes lo que vemos a nuestra derecha. La pendiente se sitúa en algún momento al 15%, punto en el que dejamos de prestar atención a lo que nos rodea y nos centramos en la carretera. Al girar a la izquierda vemos frente a nosotros, loma arriba, cómo traza varias herraduras… Por suerte, aún estamos frescos.
Enlazamos un par de curvas y salimos de un segundo km. consecutivo por encima del 10%. Ya pasó lo peor, desde luego, aunque no conviene celebrarlo con demasiado entusiasmo, aún queda bastante para coronar el Collado del Muerto.
Con una pendiente tan elevada es normal ir ganando altitud rápidamente, hecho que se agradece sobremanera, pues la panorámica, como es lógico, siempre será mejor cuanto más arriba estemos. Aprovechando el curveo vemos cuán bajo queda Monachil e incluso la cercana Vega de Granada.
No tarda en aparecer la siguiente pareja de herraduras, que pasamos sin excesivo sobresalto, a pesar de que la cuesta persiste en ganar metros al cielo con premura. En cualquier caso, salvo algún punto concreto, la pendiente tiende a suavizarse hasta que lleguemos al cruce de la cantera. El contraste de unas lomas parduzcas cubiertas por algunas manchas de olivos con otras grisáceas resulta llamativo a la vista.
Pasaremos otro par de paellas antes de afrontar el que es, sin lugar a dudas, el tramo más duro del puerto. Antes de coronar un primer altillo habremos de afrontar rampas de hasta el 17%, unas rampas que se mantienen el suficiente número de metros como para provocar que nos retorzamos sobre nuestras bicicletas.
Este pequeño suplicio acaba junto al camping de El Purche y nos concede un descansillo que -esta vez sí- buena falta nos hace. Corto se queda, desde luego, ya no sólo porque el respiro nos sabe a poco, sino porque por primera vez desde que iniciamos la subida podemos atisbar la hermosa silueta del Veleta, allá arriba. A nuestra derecha, de unas lomas cuasi desérticas hemos pasado a contemplar un fértil valle.
Después de la bajada, unas pocas pedaladas nos separan de alcanzar el Collado del Muerto y enlazar tras un nuevo y corto descenso con la carretera que asciende hasta la estación de esquí desde la capital.

Nuestro próximo objetivo ahora –a estas alturas tenemos claro que es necesario parcelar el ascenso y marcarse objetivos “menores”- pasa por coronar el siguiente collado, Las Sabinas. Para ello aún nos restan 12 km. y habremos de superar sobradamente la en España poco frecuente barrera de los 2.000 m. de altitud.
Los primeros km. después del descansillo transcurren por la carretera general, por lo que el tráfico puede ganar en intensidad, pero lo que notaremos con suma presteza es que la pendiente ha suavizado. De hecho se estabiliza siempre próxima al 6 y 7 por cien, con algún pico ligeramente superior.
También aparece, desde que hemos coronado el primer collado, un frondoso pinar que nos acompañará durante varios kilómetros. Además, al llegar al “Barranco de las Víboras” cambia por completo el paisaje: nos hemos introducido de lleno en el valle del Genil. La espectacularidad del mismo viene dada por la altitud de las montañas que encajonan el río, cuyas aguas fluyen más allá de donde nuestra vista es capaz de alcanzar.
Después de salvar el “Barranco de las Víboras” con comodidad, continuamos el ascenso durante 8 km. en que la pendiente sigue estable. De hecho así será hasta prácticamente el último kilómetro y medio del Veleta.
Muy pronto llegamos al cruce del Dornajo. Antiguamente había que desviarse a la derecha por una recta para llegar al cruce que hemos de tomar. Sin embargo una barrera nos impedirá el tránsito, así que continuaremos por la carretera general y en plena curva de herraduras a derechas, giraremos a la izquierda. A partir de este momento el tráfico vuelve a disminuir considerablemente, por lo que disfrutaremos al máximo de la escalada.
Rápidamente dejamos tras de nosotros el Centro de Visitantes del Dornajo, el desvío de la carretera que baja a Güéjar Sierra y nos disponemos a darnos un nuevo festín de herraduras. Serán un total de doce en los próximos seis kilómetros.
A medida que ganamos terreno, se apodera de nosotros por primera vez la sensación de estar subiendo un auténtico coloso. Curva tras curva, nos preguntamos cómo es posible que una carrera profesional jamás haya subido a la estación por esta vertiente. Incomprensible, desde luego.
Pero nosotros debemos seguir a lo nuestro. Entre pinos, pasamos el cartel que nos informa que estamos ya a 1.750 m. de altitud. Una cota más que considerable, sin duda, pero aún no llevamos escalado ni la mitad del total. Después caerá la también señalizada de los 2.000 m. Luego enlazaremos las últimas y espectaculares herraduras antes de coronar el segundo collado, hasta donde llegamos después de un total de 25,5 km. Pero antes el Veleta vuelve a asomarse tras una curva a izquierdas… Aún está demasiado lejos.
Quienes conocen bien la subida coinciden en que este momento es psicológicamente demoledor. Tenemos que cargarnos de paciencia y olvidarnos del objetivo final, habrá que marcarse otro intermedio: la Hoya de la Mora.
Las Sabinas han sufrido el maltrato humano durante mucho tiempo, llegando a ser utilizada incluso como escombrera tras los Campeonatos del Mundo de Esquí en 1995. Afortunadamente la zona se ha recuperado gracias a un trabajo de reforestación concienzudo y no es extraño ver rebaños pastar por las laderas circundantes. No obstante, no podemos ocultar que era un hecho vergonzoso dentro de los límites de un Parque Natural, Parque Nacional a día de hoy.

Coronado el Collado de las Sabinas a 2.173 m. llegamos a un cruce. Nosotros hemos decidido continuar por la derecha para atravesar la estación invernal, aunque es más común seguir subiendo por la izquierda, pasar junto al que fuera Albergue de las Sabinas, hoy restringido a uso militar, y continuar hacia el Veleta sin callejear por Prado Llano. Nosotros decidimos concederle un descanso a nuestras piernas y, de camino, recargamos de agua los bidones, si bien es verdad que lo que bajemos ahora habrá que volverlo a subir después.
Desde la entrada de la estación hasta la Hoya salvaremos unos 400 m. de desnivel en poco más de seis km. Esto, que por si sólo no sería gran cosa, a estas alturas de la fiesta nos supone un buen reto. Recordamos con cariño imágenes del pasado: Álvaro Pino sufriendo en 1986 por la lucha de la clasificación general de la Vuelta a España en estas mismas rampas o Patrice Esnault que consiguió fugado la victoria de etapa en 1990. Afortunadamente la sucesión de herraduras –vamos camino de empacharnos- nos sirven de entretenimiento junto con las típicas construcciones de alta montaña, insólitas en la comunidad andaluza. Antes de llegar al cruce la pendiente concede una nueva tregua.
Después de casi cuatro km. volvemos a salir a la carretera del Veleta cercanos ya a los 2.400 m. Cada vez cuesta más ir ganando cotas, aunque poco nos falta ya para llegar a la Hoya. Antes pedalearemos junto a los Peñones de San Francisco, cuyas escarpadas laderas se han convertido en seguro solaz para la Cabra Montés, dueña y señora de las cumbres de Sierra Nevada. Esta zona más o menos rectilínea que atravesamos junto a los Peñones, justo antes de afrontar la herradura que nos sitúa de frente al Albergue Universitario, suele hacerse durísima a poco que el viento haga acto de presencia. Pero para nosotros un nuevo objetivo ha sido cumplido cuando vemos el cartel de los 2.500 m.
En la Hoya de la Mora además del mencionado Albergue Universitario, encontramos puestos de comida, algún restaurante y un acuartelamiento de la Guardia Civil sito en otro antiguo albergue.
Precisamente después de dicho acuartelamiento, nos topamos con una barrera que nos va a impedir el paso. Bueno, no a nosotros exactamente, sino a los vehículos de motor, que no pueden seguir subiendo. A nosotros sólo pueden impedirnos subir nuestras fuerzas o, mejor dicho, la falta de ellas. Pero las ganas en esta ocasión pueden más que las fuerzas. Hasta el Picacho tan sólo restan 11 km. y 850 m. más de desnivel aproximadamente. Sorteamos la barrera y… ¡Hasta el cielo!

Hace tiempo que desapareció toda vegetación a excepción de una fina capa de musgo y yerbas que se beneficia del deshielo en las alturas de Sierra Nevada: son los denominados borreguiles.
Si al inicio de la subida hemos pasado calor, esa sensación habrá desaparecido ya a buen seguro. El viento aquí siempre es fresco. Puede que incluso necesitemos alguna prenda de abrigo en los kilómetros finales.
El caso es que acometemos estos kilómetros expuestos todo tipo de inclemencia meteorológica o, en el menor de los males, a un sol de rigor. Y un nuevo factor de dificultad viene a sumarse a los anteriores: el estado de la carretera, cada vez más deteriorado e incluso descarnado en no pocos tramos.
Salimos de una curva a izquierdas y nuestra mirada se topa con lo que antiguamente fue un observatorio astronómico. Luego, al punto, alcanzamos la figura de la Virgen de las Nieves. Una construcción de piedra local en forma de V invertida coronada por la imagen y un altar para proceder a los oficios. El culto de la virgen remonta a 1707, año en que, cuentan, se le apareció en las cumbres a un ciudadano de Válor y a su criado cuando se dirigían a Granada en medio de una terrible tormenta.
Las herraduras se siguen sucediendo, pero ahora con más frecuencia aún que en cualquier otro momento de la subida. La pendiente permanece estable, siempre próxima al 7 y 8 por cien, aunque en alguna que otra curva abierta se alcancen los dos dígitos. Estos pequeños tramos, aunque cortos, hacen bastante daño debido al cansancio acumulado y la falta de oxígeno propia de estas altitudes.
El caso es que, a medida que vamos enlazando curvas, nos vienen a la mente las palabras del ingeniero de caminos:

“Aún sabemos resolver, con la economía que nuestra pobreza impone, los problemas que ofrece una carretera cuyo trazado llega a cotas no igualadas por ninguna otra europea”.

Sin duda hay que ser no un ingeniero, sino un verdadero artista para idear semejante obra. Cuando una panorámica nos parece insuperable, nos topamos al punto con otra que la sobrepasa con creces y así constantemente. Nuestra mirada cada vez alcanza más lejos en el horizonte, si es que no prefiere, por el contrario, escudriñar las entrañas de las pizarrosas lomas que nos flanquean.
El cartel de 2.750 m. es recibido con desbordada emoción. Estamos a un suspiro de doblegar la altitud de auténticos mitos de nuestro deporte como el Stelvio, el Agnello, el Iseran o la Bonette, mientras que abajo han quedado ya las cotas del Gavia o del Galibier. A nuestra derecha vemos la estación de Borreguiles y el observatorio moderno… muy pronto tendremos que mirar hacia abajo para contemplarlos.
Otro factor a tener en cuenta y del que aún no hemos mencionado absolutamente nada es la nieve. Según la época, no resulta extraño encontrar neveros que atraviesan la carretera, por lo que tal vez nos veamos obligados a cruzarlos andando. En este sentido siempre es recomendable intentar el ascenso al final del verano o principios del otoño, antes de que las primeras nevadas serias nos impidan el paso y después que los soles del deshielo hayan cumplido con su tarea.
Seguimos, pues, subiendo -si no hay impedimentos- con la mente fija en la cifra mágica de los 3.000 m. de altitud. Se siguen sucediendo las curvas y las rectas, pero ahora tenemos un barranco a un lado y al otro un talud bastante pronunciado. Varios carteles indican que transitamos por pistas de esquí, incluso hay distintos vallados que marcan el camino de las mismas. No podían faltar los remontes que ascienden casi hasta el mismo Veleta.
Resulta especialmente gratificante fijarse en lo que hemos ascendido, el trayecto por el que hace un instante hemos sufrido y observar, así mismo, por dónde asciende reptando la carretera. Luego, podemos dejar que nuestra mirada se pierda en un horizonte de nubes y montañas.
Ningún cartel nos avisa esta vez de haber alcanzado los 3.000 m., sino que más bien hemos de intuirlo. Sin embargo, casi sin darnos cuenta, embelesados como estamos, nos encontramos a punto de llegar a uno de los momentos más intensos de toda la subida: Las Posiciones del Veleta.

Las Posiciones recibe su nombre por haber sido un pequeño emplazamiento militar durante la Guerra Civil, de hecho allí se conservan aún los restos de construcciones que debieron emplear miembros de alguno de los dos bandos de la contienda. Lo alcanzamos a la friolera de 3.100 m. en una herradura a derechas.
Pero lo que causa verdadera impresión es el lugar en sí. Nos encontramos ahora mismo asomándonos al denominado “Corral del Veleta” un barranco rodeado de tresmiles y con forma de cuenco que guarda nieves perennes. De hecho, aunque está atestiguado que mediada la década de los 90 el glaciar se derritió, modernas investigaciones han demostrado que, bajo las rocas que se han ido acumulando al correr de los tiempos, existe nieve fósil, nieve perpetua de la que presumen con orgullo los granadinos.
Es inevitable exclamar un “¡oh!” prolongado cuando, al salir de la misma curva, nuestros ojos se topan con las cumbres del Mulhacén, la Alcazaba y la pared cortada, completamente vertical, del Veleta: “¡Hasta allí tenemos que subir!, ¡pero si parece estar más lejos que antes!”
En un corto espacio de tiempo experimentamos un gran cúmulo de sensaciones.
Algo más de 3,5 km. nos restan hasta la cima, kilómetros en los cuales la pendiente no sólo no bajará del 7%, sino que paulatinamente irá aumentando hasta que en los últimos metros ya, sin asfalto, tengamos que volver a superar un auténtico muro final.
Llegamos al cruce de Capileira después de que la carretera haya venido ascendiendo en dirección Sur trazando alguna que otra leve curva. A la derecha vemos una de las múltiples lagunas de origen glaciar, tal vez la llamada de las Yeguas.

En este cruce bien podríamos situar el Collado del Veleta a poco más de 3.200 m., aunque para alcanzar el verdadero, conocido como Collado de la Carihuela, habría que adentrarse unos cientos de metros por la pista que nace a nuestra derecha.
Una vez que dejamos atrás el cruce, nos disponemos a experimentar otro de los momentos clave del ascenso, que no es otro que la visión del Mediterráneo y las costas africanas, además de las cumbres cercanas de las sierras de Gádor, la Contraviesa, Lújar y las lomas y barrancos que se derraman hacia la Alpujarra. Desde luego, el factor suerte es muy importante, pues las condiciones atmosféricas no siempre permiten disfrutar de una panorámica tan amplia.
En este momento vuelven las herraduras, que no nos abandonarán hasta nuestra última pedalada.
Y precisamente pedalear es lo que no nos va a resultar fácil en adelante. La pendiente sigue aumentando, se acerca al 8%, y el castigo que han sufrido nuestras piernas nos lo va a poner muy difícil. Más por corazón que por fuerzas, como si nuestro organismo estuviera programado para pararse sólo en el final de la carretera, continuamos. Estamos demasiado cerca como para terminar la empresa aquí y más cuando tenemos a la vista el refugio que hay en la cima del Veleta… ¡A sus pies se acaba el largo calvario!
Al cansancio y a la falta de oxígeno se viene a añadir la desaparición del asfalto a unos 3.300 m. de altitud. La pista es ciclable para la flaca o, por lo menos, lo es en circunstancias favorables, es decir, sin nieve o sin lluvia, si bien algunas piedrecillas de mayor tamaño pueden provocar que acabemos con nuestros huesos en el suelo.
La última herradura, la quincuagesimoséptima de toda la ascensión, se nos atraganta, normal si tenemos en cuenta que la pista está algo blanda por el deshielo y, sobre todo, que la pendiente se sitúa en el 15% de máxima. Finalmente podemos rehacernos y llegamos al fin de la pista ¿Al fin de la pista?.... ¡Al fin del mundo!
El gran objetivo está cumplido. A casi 3.400 m. de altitud, el cansancio desaparece de repente. Una sensación de total relajación nos embarga. Y nos complace contemplar todo cuanto nos rodea hasta donde la vista alcanza. Para llegar hasta el vértice geodésico, sito a 3.395 m. s. n. m., es preciso andar unos cuantos metros que, sin duda, estamos obligados a completar.
Después de un lapso de tiempo, comenzamos a pensar en el merecido descenso... Ha terminado una fiesta y está a punto de comenzar otra.


Fotos:
Últimos preparativos en el cruce donde comenzamos el ascenso:


Alguna rampa del barrio de La Vega se las trae:


Descenso antes de Monachil:


Ya en el pueblo se reinicia la subida:


Y al salir de él, la cosa se pone seria:


Las rampas de doble dígito serán constantes:


El 15% nos obliga a retorcernos:


Levantamos la cabeza para ver lo que se nos avecina:


Ralea la vegetación:


14%:


Encadenamos herraduras:






¡Qué pequeñita se ve la carretera allí abajo!:


Dejamos a la izquierda la cantera y nos aproximamos al tramo más duro del puerto:


La carretera se va empinando paulatinamente:


Hasta alcanzar una pendiente máxima del 17%:


Primer altillo junto al camping:


Y vemos el Veleta por primera vez desde que hemos comenzado a subir:


Retomamos el ascenso:


Y, al punto, coronamos el Collado del Muerto:


Un descenso cortito y enlazamos con la A-395:


Aparecen los pinos:


El clásico toro no podía faltar aquí:


La pendiente, camino del Barranco de las Víboras, ha suavizado considerablemente:


La vegetación en esta zona es abundante:


En el Dornajo nos desviamos a la izquierda:


La próxima referencia está clara:


La carretera del Hotel del Duque queda a nuestra izquierda. La dejaremos para otro día:


Empiezan las herraduras a la par que disfrutamos de una agradable vegetación:


Aún nos quedan más de 1.600 m. de desnivel… ¡Uf!:


Y se suceden las curvas:




Al fondo vemos el vecino y recientemente asfaltado collado del Alguacil:


Mediado el km. 20 dejamos atrás el pinar y su agradable sombra:


La carretera del collado es espectacular. Al fondo nuevamente el Alguacil y, entre medias, el valle se pierde sin que alcancemos a ver el río que lo excava:


Pero nosotros seguimos a lo nuestro:


Tenemos la sensación de que vamos a alcanzar el collado de las Sabinas en breve:


Parece que al salir de esas curvas…


¡Pero si estamos en la cota 2.000!, aún nos queda un poquito…


La panorámica aquí empieza a parecernos asombrosa:


Hemos cambiado de valle, pero esto sigue subiendo:


Los pocos pinos que quedan desaparecen a medida que ganamos altitud:


Nos recreamos en esta zona:


Las vistas hacia el Oeste no son para menos:


Estos matorrales deben ser las famosas “sabinas” que confieren su nombre al collado:


Esta subida aún está virgen para el ciclismo profesional…


Y ello a pesar de que se trata de uno de los pocos dosmiles con doble vertiente de la península:


Nosotros, los cicloturistas, seguiremos disfrutándolo. Bien merece la pena el esfuerzo:


A casi 2.100 m. hemos pasado la última herradura, ahora sí que no debe estar lejos el collado:


Al trazar un amplio giro a izquierdas, nuestras miradas se topan de nuevo con el coloso:


La pendiente suaviza y nos deleitamos: los Peñones de San Francisco y la cumbre del Mulhacén también se dejan ver:


El antiguo Albergue de Las Sabinas está después del cruce:


Cruce en que coronamos:


Un poco de descenso viene bien para relajarnos:


Y, después del cruce del CAR, paramos para llenar los bidones:


Nos aproximamos a la estación:


A partir de aquí se acabaron los descensos:


Según la época, parece que nos encontramos en un pueblo fantasma:


Varias curvas de herradura -¿cómo no?- aderezan la travesía:




Después de una zona algo más suave, salimos de nuevo a la carretera que asciende hasta el Veleta:


No es raro encontrarse con algún ejemplar de cabra montés en las faldas de los Peñones de San Francisco:


Ver el pico aún tan lejos puede ser desmoralizador:


Sobre todo si sopla viento de cara, porque la carretera está completamente abierta:


Lo mejor es tomárselo con paciencia y olvidarse de lo que aún está por llegar:


De momento alcanzamos la Hoya de la Mora:


Torcemos una nueva herradura y sorteamos la valla:


La efigie de la virgen está ya a nuestro alcance:


El estado del firme nos pone más dificil nuestra empresa:


Pero no estamos dispuestos a doblar la rodilla:


Y más cuando aún nos resta por subir lo mejor:


Abajo van quedando las herraduras superadas…


Cada vez son más. Y la línea del horizonte se pierde entre nubes:


2.750 m. de altitud son ya palabras mayores. Estamos a punto de sobrepasar los techos alpinos:


Auténtica orgía de herraduras. El trazado constituye una espléndida obra de arte:




Nos topamos con un excelente ejemplar de macho cabrío a más de 2.800 m. de altitud:


Aquí las nubes crecen del suelo:


Las vallas y demás construcciones de madera son signo inequívoco de que nos encontramos entre pistas de esquí:


Pedaleando entre nubes:


¡Tan cerca y a la vez tan lejos!:


Un paisaje de otro planeta:


El país de las herraduras:


En el que se construyen carreteras en el cielo:


Ni las nubes se atreven a subir tan alto:


Ya estamos a punto de sobrepasar la barrera de los 3000 m.


Por momentos parece que la carretera vaya a desaparecer:


¡Impresionante!


Rara vez se situarán las rampas por debajo del 7%:


Y ello junto a la altitud y a los muchos km. de ascenso nos hará redoblar nuestro esfuerzo:


A casi 3.100 m. se sitúa la herradura de “Las Posiciones del Veleta” donde la panorámica es casi insuperable. Vemos restos de las construcciones de la Guerra Civil:


Nos damos de bruces con las cumbres más altas de Sierra Nevada como son Alcazaba y Mulhacén:


Y, por supuesto, la pared del Veleta:


Y la carretera que serpentea en sus faldas:


Dejamos a la derecha el cruce hacia Capileira. La pista no parece encontrarse en mal estado:


Alguna de las numerosas lagunas de las cumbres de Sierra Nevada:


La pendiente se aproxima al 8%:


Un mar de nubes nos impide distinguir el verdadero mar, el Mediterráneo:


Al pie del refugio termina la carretera. Parece cercano, pero aún quedan casi 150 m. de desnivel:


La vecina Sierra de Lújar intenta desembarazarse de las nubes que la coronan:




A unos 3.300 m. de altitud se acaba el asfalto:


A lo que se une un incremento en la pendiente:


Raro sería no ver ningún resto de nieve por estos lares:


Ciclismo de otra época:


Ciclismo de pura épica:


La última e impresionante herradura:


Se nos acaba la montaña y, por tanto, la carretera:


Alcazaba y Mulhacén:


Hacia el Oeste, oculta entre algodones, la Sierra de Tejeda:


Hacia el Sur el mar, el cielo y las nubes se confunden:


La foto en el vértice geodésico es de rigor:



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