EL PUERTO DEL DIABLO

Javier García Sánchez, EL MUNDO 21-12-1998

Acaso sea esa una sensación que tiene que ver más con la óptica, o con el puro y simple sentido de la realidad, que con el cansancio supremo, como debería suceder. Subir, a lomos de una bicicleta y con desarrollos de carretera —pongamos 38 dientes como máximo para el plato grande, y 28 de piñón— por cuestas que superen el 18% de desnivel durante, pongamos, más de 200 o 300 metros, presuponiendo siempre que las ruedas se deslizan sobre una carretera lisa y asfaltada, sin socavones ni la traidora gravilla, pertenece a otro género de cosas. Aquellas que el género humano sólo realiza, o lo intenta, por tres motivos, en cualquier caso respetables: 1.- la supervivencia, 2.- la curiosidad, y 3.- el reto.

Con la subida a Angliru accederemos de lleno al tercer género. Aunque se trate de ciclistas profesionales, de elite, los límites del cuerpo son unos y no otros, a tenor de la mecánica empleada —las bicis— y la orografía concreta a la que intenta vencerse: ese puerto del Diablo, sin caída por su otra vertiente, sin final, como creerán los corredores mientras lo asciendan, sin piedad y tal vez sin sentido en sí mismo. Por lo anteriormente expuesto. Pues no es lo mismo superar tramos o picos del 18% o algo más, que pretender la travesía de los mismos durante algún que otro kilómetro. Ahí también el lenguaje, siempre equívoco, jugará malas pasadas.

Según las teorías anaeróbicas, una sucesión de tramos del 15%, como los que tiene el Col de Marie-Blanque por la cara de Escot, podrían hacer casi tanto daño como esos otros picos salteados de mayor desnivel. Pero no. De esos tramos infernales, o picos en los que todo parece un puro absurdo, y en los que, si se sigue adelante en el empeño, es únicamente porque uno vacía su cuerpo y su mente, sobre todo esto último, se sale —si se superan—, invariablemente tocado, y mucho. Mi experiencia en ese tipo de situaciones, que no es tanta como la de otros cicloturistas, pero sí alguna, me lleva a suponer que el espectáculo que podremos presenciar en el Angliru, en septiembre, será mitad épico, mitad patético. Porque ahí no se tratará ya de conseguir que la bici avance, pongamos a ocho por hora, o a 10, sino, directamente, de no caer redondos al suelo.

Entre nosotros decimos: «Iba tan torrao subiendo que las moscas se le paseaban entre los radios de la rueda delantera». En este caso torrao equivale a las rampas que habrán de escalar. Me queda pendiente esa criminal cuesta asturiana, que durante siglos ha dormitado para resurgir a fin de ser un circo romano para el público. Conozco pequeñas anglirus aquí y allá, el Picón Blanco y Quintana, Escudo y Peña Cabarga en Cantabria, el Palau Novella muy cerca de mi casa. Por ellas sé que, a partir del 18%, la cosa deja de ser graciosa y estimulante. A partir del 20% deja de ser deporte. Y a partir del 22% deja de ser real.



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