CRÓNICA ALPENBREVET GOLD 2014 (23/08/2014)

Jorge Montes

Ya en la salida pude comprobar que la Alpenbrevet suiza no tenía nada que ver con las pruebas que se disputan en España. En la salida había unos carteles que marcaban 14, 16, 18, 20..dichos carteles se referían a la media de velocidad (en km/h) que cada cicloturista pensaba hacer. La gente se ponía en el cajón de salida que sinceramente le correspondía, dejando paso a los que querían ir para adelante.

Ahí estaba yo, en Meiringen, ciudad famosa entre otras cosas porque en las cascadas que tiene es donde se supone que moría Sherlock Holmes, por las maniobras del pérfido Profesor Moriarty. Eso sí, ante el clamor popular, Sir Arthur Conan Doyle tuvo que “resucitar” a su personaje más famoso. En Meiringen hay un museo dedicado a Sherlock Holmes, y saben explotar sabiamente el tirón del gran Sherlock. El día antes de la marcha le pregunté a Sherlock si iba a acabarla; su respuesta: “mañana le daré la solución al enigma”.

Es una marcha de 2500 participantes. Es un buen número. El suficiente como para que nunca vayas solo, y un número no que hace que la salida no sea tan agobiante como, por ejemplo, la celebérrima Quebrantahuesos.

Dos minutos antes de la salida pusieron la canción de Abba “I have a dream”. Todos los allí presentes teníamos un sueño, el de acabar la marcha en cualquiera de sus tres modalidades: Silber, Gold o Platinum.

La Alpenbrevet de Plata consta de 132 km, 3 puertos y 3875 m de desnivel positivo. Casi nada. La de Oro consta de 173 km y 5500 m de desnivel con 4 puertos. La de Platino es probablemente el mayor reto cicloturista que hay en el mundo: 276 km, 5 puertos y 7031 m de desnivel. Para hacer la de Platino hay un tiempo de corte en el kilómetro 88: 4horas, 30 minutos, tras haber salvado dos puertacos.

La canción de Abba tiene el estribillo “I believe in angels”. Yo también creo en los ángeles. Por eso sabía que, todos vosotros que estáis leyendo esto, mis ángeles, me acompañarías con vuestros ánimos y vuestra energía positiva en la marcha. Tanto en las duras subidas como en las peligrosas bajadas que se iban a avecinar y que en aquel momento yo ni tan siquiera era capaz de imaginar.

Con unos minutos de retraso sonó el cohete que daba inicio a la Alpenbrevet 2014. La salida se hizo de una manera relativamente tranquila. La gente era consciente que una ganancia de 30 segundos en el llano inicial no conllevaba a nada en comparación con las horas que nos tocaban sobre la bici.

Llano picando para arriba (2%) de salida y a los 3 km un repechillo al 6 %. Para calentar las piernas. Ahí vi como esta marcha, como muchas otras de Centroeuropa, no tiene nada que ver con las españolas o italianas. Al finalizar el repecho había un túnel, que estaba en obras. Había un semáforo que permitía la circulación alternativamente. Nos pilló en rojo. Y allí que estuvimos parados 5 minutos, sin que nadie se quejara. Y ojo, que algunos probablemente estaban jugándose el poder hacer la Platino, porque el tiempo de corte es bastante exigente.

Una vez atravesado el túnel, descenso vertiginoso, y nos presentamos en Innertkirchen a 625 m de altura, punto de partida del Grimsel, que tras 26 km tiene su cima a 2165 m de desnivel. 1540 m a salvar para empezar.

Las sensaciones eran buenas. Las piernas respondían bien. Iba en un gran pelotón llevando las pulsaciones entre 150 y 155. Buena señal. Sobre todo porque la inmensa mayoría de los allí presentes pesaban 20-40 kilos menos de los 90 que peso yo. Tras la buena temporada que llevo, tengo las piernas fuertes, y por ello podía aguantar los pelotos cabeceros subiendo.

Los últimos kilómetros tocaron bajo la niebla. Una pena, porque perdí de ver los kilómetros más bonitos de casi todos los puertos.... ¡una excusa para volver!

 

Al coronar hice el ritual de lo que haría en todos los puertos. Ponerme manguitos y chubasquero de manga corta. Ir a por agua. Para mi sorpresa (en este primer avituallamiento lo descubrí), el agua la tenían en el interior de unas regaderas gigantes. Curioso. Tras ello, ponerme los guantes largos (estábamos a 8° C) y empezar el descenso.

En la cima del Grimsel, mientras me ponía los guantes, pude ver un viejillo con un traje típico tocando la trompa suiza, dando más encanto si cabe a la prueba.

Buena carretera, así que disfruté dándole caña, en esta primera parte de la bajada. Pronto llegue al cruce que separa las pruebas de Platino y Oro de la Plata. Me lancé, como no, hacia el Platino/Oro. En esa segunda parte ya vi menos gente. Se nota que la gran mayoría se conforma con la plata. ¡Pero yo siempre he tenido un espíritu valiente! Al estar la carrera abierta al tráfico hay que convivir con los coches. En ese segundo tramo de bajada ya tuve que lidiar con los automovilistas suizos, algunos adelantando al límite y casi rozando. A dos les dediqué unos buenos improperios. También los había más pausados, y no quedaba más remedio que adelantarlos...

Llegada a Ulrichen, giro a la izquierda (al estar el tráfico abierto, tenía su cosa) y a empezar el Nufenen. Partíamos de 1359 m de altura para llegar a 2478 m, en 13,5 km. Como le oí decir a uno (os traduzco del alemán), “este puerto es un jodido hijo de puta”. Perdón por el vocabulario, pero creo que lo define a la perfección. Aunque tiene algún descansillo, me recordó mucho a Larrau. Es un poquito menos duro, pero casi todo el rato bordea la frontera del 9-10%. Y eso es mucha caña, cuando estamos hablando de ciclismo. Mucha caña, y mucho desgaste. Pero bueno, adelanté a unos cuantos, con lo que mi moral seguía por todo lo alto. También es cierto que otros cuantos me adelantaron a mí. Pero luego les rebasé en la bajada. Esos mismos me adelantarían subiendo en los siguientes puertos, y yo les pasaría bajando. De hecho nos íbamos animando mutuamente, sobre todos con unos que llevaban el maillot de Colombia y con unos holandeses.

Pese a ser la “cima Coppi” de la prueba, fue el único puerto que pude disfrutar sin niebla. De hecho, como hacía sol, había alguno que cuando llegó incluso aprovechó para tumbarse cual lagarto, para descansar.

En la cima el ritual de siempre, ¡y para abajo!

Bajada en la que disfruté a tope, sin problemas de niebla y con sol.

 

Pronto me planté en Airolo. Allí está el tiempo de corte para hacer la Platino: 4 horas 30 minutos. Cuando llegué pasaban las 5 horas 30 minutos. ¡bufffff! Para hacer la Platino tendré que entrenar bastante más... y perder algún kilo. Pero bueno, Dios mediante, tengo años por delante para alguna vez afrontar semejante reto. Por lo menos ahora ya conozco bastante bien la prueba y el terreno, lo cual siempre es importante. Eso pensé en el avituallamiento, donde cogí agua antes de proseguir la marcha.

Continuando con la marcha, en Airolo empieza el San Gotardo. Es un puerto único en el mundo porque tiene, ¡adoquines! La verdad es que es un puerto precioso, muy, muy bonito. Pero ojo, aunque sus números no son excesivamente duros, los malditos adoquines hacen que vayas más lento de lo normal, y te van machacando el cuerpo. Y si encima se levanta un fuerte viento en contra, ya ni os digo. El puerto empiezo a 1159 m sobre el nivel del mar, para llegar a los 2108 m, en 15 km. Como veis, tampoco es una tontería. Y creedme que los adoquines le ponen un punto extra de dureza.

 

 

 

En la cima la niebla era muy espesa, no se veía a 50 m. Y el fuerto viento, frío por no decir gélido, hacia que allí no había quién aguantara. Incluso un autobús de excursiones tenía

prácticamente a todo el mundo dentro, porque no se atrevían a bajar. El ritual de la vestimenta, ¡y a bajar!

Pese a la niebla el suelo estaba seco. Así que, pude bajar relativamente bien. Según bajaba la temperatura subió. Me encontré una gran hilera de coches que pasé por la izquierda y derecha, como pude. ¿Qué pasaba allí? Al cabo de unos kilómetros lo averigüe. Había un túnel en obras, y la circulación era alterna, estando parada 10-15 minutos alternativamente en cada sentido. Allí me junté con un buen pelotón de cicloturistas. Esperamos pacientemente (si no hubiera sido por el frío hubiera sido un buen momento para descansar), y cuando se puso en verde, allí avanzamos, más protegidos del tráfico al rodar pelotón. Todavía un poco más abajo tuvimos que volver a parar, por otra obra. Vamos, nada que ver con las Quebrantahuesos y demás marchas que conoceréis.

Por fin llegamos a Wassern, a 916 m sobre el nivel del mar. Allí comenzaba el Susten, último coloso de la jornada, que sube hasta los 2224 m en 17 km. Casi nada. Empezamos la ascensión a 10° C. Tras todo lo que llevaba encima, temía este último puerto, sobre todo tras lo que me habían machacado los adoquines del mítico San Gotardo. Aliviado, comprobé que las piernas iban bien. Así pude hacer gran parte de la ascensión de pié, lo cual sólo hago cuando tengo fuerzas.

Los kilómetros de esa última ascensión pasaban lentamente. Mucha gente se iba tomando descansos, el esfuerzo empezaba a pasar factura. La gente no hablaba, llevaba la cabeza gacha. Mis “amigos” con el maillot de Colombia me pasaron mucho más lentamente que en los dos anteriores puertos. Algunos de los holandeses descansaban en la cuneta. Yo seguía, imperturbable, poco a poco, a un ritmo constante. Mi gran preocupación era ver cómo me acercaba a una gran zona de niebla y como el termómetro iba descendiendo gradualmente. Pronto me vi envuelto por la bruma. Y según avanzaba la cosa iba a peor. Justo antes de la cima hay un gran túnel que estaba lleno de niebla, parecía como si se hubiera concentrado allí y como si se hubiera espeado; rezando para que mi faro posterior pudiera ser visto por los coches, allí me adentré. He de reconocer que en vez de ir jubiloso sabiendo que iba a terminar el último gran esfuerzo iba con auténtico miedo, de que algún vehículo me arrollará tan espesa era la niebla. Por fin vi un ligero resplandor y, ahora sí, se desató la alegría. ¡Lo había conseguido! En la cima estábamos a 3°C. Abrigarme, coger unos pinchos de queso para que me aportaran calorías y para abajo.

La bajada se presentaba peligrosa. Aparte de la niebla, el suelo estaba mojado, mojado de verdad. Así que había que bajar con todos los sentidos alerta. Gracias a Dios que me dio talentos para bajar y pude gestionar bastante bien la peligrosa bajada. Además según bajaba iba aumentando poco a poco la temperatura. Si cuando adelante a mis “amigos” de Colombia, mis dientes castañeando hicieron que apenas se entendiera mi “Aúpa Colombia”, en el repecho final antes de meta sí que se me entendieron.

Sí, repecho final. Casi 2 km al 5%. En homenaje a un gran Amigo, lo subí en plato, sin bajar de 16 km/h. Tenía ganas de terminar y, sobre todo, ¡quería entrar en calor! Ahí me pasaron los colombianos, pero no me sacaron casi nada, y en los dos kilómetros finales les rebasé.

Entrada en meta victoriosa. La organización, al menos en la llegada muy bien, muy calurosa. Diciendo los nombres y la nacionalidad de los que llegaban, quitándote el chip y dándote el ticket de “Finisher”, para poder coger la mochila de regalo. Ofreciéndote comida y bebida. Y felicitándote, por la proeza conseguida. Y, la verdad, no es para menos.

Eso sí, es otro estilo de marcha. No os esperéis gente en los cruces, parando coches para permitiros pasar. Asistencias mecánicas no hay demasiadas. Ambulancias hay, pero te dan el número para que las llames si te hacen falta. En este sentido se parece mucho más a la Luchon-Bayonne, tú te buscas un poco la vida, que a una Quebrantahuesos. Pero, qué queréis que os diga, personalmente las encuentro mucho más atractivas con respecto a la QH.

Y como no pude ver la belleza de la mayoría de los puertos por la niebla, ¡tendré que volver! He de confesar que esta zona de Suiza me ha robado el corazón. A ver si me acompañan algunos Ciclofunistas o la grupeta Gran Fondo del Milar Atxuri Cycling Team. ¡Animáos!



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